A UN AÑO DE LAS FARC SIN ARMAS Y EN DEMOCRACIA

27 de junio de 2017 la guerrilla más antigua del planeta y una de las más grandes, dejó oficialmente sus armas, luego de un largo proceso de negociación de paz con el Gobierno del presidente Juan Manuel Santos. Tuvieron que pasar varias generaciones, millares de muertos, más de 50 años y varios presidentes de la República; para que por fin el país pudiera desarmar más de 7 mil hombres.

Este último año no ha sido fácil para el posacuerdo, estamos recorriendo juntos un camino tortuoso de implementación, con una sociedad dividida en torno a los reales beneficios del fin del conflicto con las FARC-EP, en medio del asesinato sistemático de líderes sociales, con niveles de desinformación que han servido para parcializar a los colombianos; pero también para convertirse en el palo en la rueda, que no ha permitido avanzar al ritmo necesario para lograr una implementación constante, sin embargo, seguimos creyendo.

Pareciera mentira, pero después de varias décadas, hoy podemos ver el Hospital Militar como un lugar memorial del conflicto y no como un símbolo del dolor, muerte y guerra. Pueblos y regiones enteras que habían sido azotadas por diferentes aspectos de hostilidad, pasaron en el último año sobreponiéndose al horror de la guerra, esta vez ya de la mano de la esperanza, de una paz estable y duradera; que ha podido constituirse en una realidad para sus habitantes. Son menos o casi nulas, las noticias de combates, tomas guerrilleras, secuestros masivos, retenes ilegales, bombas y todo aquello que sumió al país durante más de 5 décadas en el miedo y el terror, pero también en el desconsuelo de no alcanzar algún día los cimientos de una verdadera nación en desarrollo.

Hoy, las armas entregadas aquel 27 de junio, son el nuevo símbolo del poder de la democracia, pero más importante aún, del poder de la institucionalidad que, gracias a la constancia de nuestras fuerzas armadas y de nuestro sistema político, pudo demostrarle a las Farc que el camino no era el combate, sino el intercambio de ideas.

Hace poco elegimos a un nuevo presidente, en medio del proceso electoral más pacífico de los últimos 60 años. No tenemos militares muertos, heridos o mutilados, hemos logrado desminar la mayor parte de nuestros campos, evitando así truncar los sueños de nuestros niños campesinos, hemos despejado nuestras carreteras al desarrollo y se le ha permitido a todos los colombianos el poder disfrutar de todas las maravillas naturales de nuestro país, gracias a que ya hay menos kilómetros de nuestra república vedados o prohibidos. Así mismo, despejamos el camino del desarrollo, disminuyendo la desigualdad y la inequidad, con una mayor destinación de recursos a la inversión social y menos a la confrontación armada. De igual forma, el Gobierno Nacional trabaja incansable y constantemente en devolver las tierras a sus verdaderos dueños, permitiendo el retorno de miles de familias campesinas que por años habían estado desterradas de sus propiedades, aportando con ello a la paz en nuestros campos.

Es más fácil, aunque mucho más doloroso, palpar la guerra que sentir y disfrutar de la paz que dejan 7 mil fusiles menos descargando la ira de los desacuerdos y la diferencia. La paz se vuelve paisaje, mientras una parte de esta sociedad se concentra en críticar los acuerdos, sin darse cuenta que precisamente son éstos los que han permitido mayores garantías para el disenso y la crítica, como también una mayor apertura democrática y participativa de todos los sectores de la sociedad, incluso de aquellos que por años habían sido marginados por todos los tipos de violencia. Pese a la imperfección de los acuerdos (ninguno nunca ha sido ni será perfecto) hoy podemos manifestar nuestros inconformismos con mayor libertad, podemos participar más abiertamente de la protesta, podemos recorrer nuestros campos, nuestras montañas, ríos y costas; hoy más que nunca, nosotros y las nuevas generaciones, dejamos de soñar para hacer realidad la construcción de un país mejor, la esperanza de una sociedad más equitativa e igualitaria, con libertades y derechos asegurados en una sólida constitución y resguardados por sólidas instituciones.

Por

John Jairo Roldán Avendaño

Representante a la Cámara por Antioquia